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El nuevo espacio publico
Los Talleres sociales, la comunicación, las periferias.

Marcos REvelli

Si miramos bajo la agotada superficie de la política de fin de siglo - de sus rituales cada vez más carentes de sentido, de sus protagonistas cada vez más arrogantes e impotentes, de sus prácticas cada vez más descarnadas y desprovistas de raíces sociales: en una palabra, todo aquello que a muchos de nosotros nos hace  impracticable o difícilmente practicable la participación en la actual "sociedad política", si no es con gran esfuerzo y sacrificio -, podemos entrever la acción de por lo menos dos procesos imponentes e impetuosos de desarraigo y deconstrucción. Son dos dinámicas que podríamos llamar "epocales" (que hacen época) y que acompañan en forma no metafórica ni meramente formal la despedida del siglo XX.

Por una parte, la transformación del trabajo que, de universo cohesivo y tendencialmente agregativo, ha pasado a convertirse en una galaxia fracturada y descompuesta; de ser el lugar de la posible unificación y conversión de los elementos en potencia colectiva, a ser el de la disipación y de la competición entre una multiplicidad de figuras cuya única naturaleza social termina por quedar fuera de ellas, en la potencia abstracta que les da valor.

Y no se trata de una transitoria caída de la subjetividad, ni de un eclipse temporal de la cultura del trabajo, ni menos aun de la crisis de las "vanguardias" que habían asumido su representación, que no son ya (o no lo son) capaces de reproducir un espacio organizativo adecuado a las nuevas dimensiones del proceso de trabajo social: se trata del verdadero "fin de un ciclo". De la transformada naturaleza de la "socialización capitalista" que en el proceso de acumulación -que se ha hecho universal y omnipresente, hasta el punto de colonizar la entera red de las relaciones humanas -, no recompone sino descompone, no agrega sino disgrega, no produce un vinculo social, por muy perverso y alienado que sea, sino que disipa y lacera ese vinculo. Y que a un aumento de desarrollo no hace corresponder, hoy, un avance de la sociedad sino, por el contrario, un creciente déficit de sociabilidad, de cohesión, de pertenencia colectiva.

Por la otra, - y esta sería la segunda dinámica "epocal" - una creciente     marginación de la forma-Estado. O, mejor dicho, un agotamiento de aquella forma que hasta ayer había asumido una prepotente centralidad, hasta el punto de absorber en si cada aspecto de lo publico, cada fragmento de la dimensión colectiva, y presentarse como la dimensión publica por excelencia, el lugar a la vez de la soberanía y de la institucionalidad que, (en la época del triunfo del Estado-Nacion se habían convertido en sinónimos) y convertido hoy, ante el potente empuje de la globalización, en "oficina secundaria", en una entidad territorial mas, no ya abarcador por excelencia de toda actividad socialmente relevante sino, cada vez mas, contenido de espacios y circuitos que lo trascienden y lo determinan: el espacio económico, los míticos mercados, pero también el nuevo espacio militar, el campo transnacional de la defensa de los intereses estratégicos, del gobierno armado de las corrientes monetarias y el espacio ecológico donde los riesgos y los costos no conocen fronteras, o el espacio migratorio dentro del cual, al contrario de lo que pasaba en la época del monopolio estatal de la dimensión publica, la no-ciudadanía es la regla y no la excepción, y el apátrida (el sin patria) aparece como la figura prevalente (la encarnación física de la "humanidad") ...

El efecto conjunto de estas dos dinámicas "epocales" - de estos dos procesos que contribuyen a ahondar el surco profundo que separa la continuidad histórica de la contemporaneidad y que nos provoca esa sensación de vértigo que a menudo experimentamos cuando miramos hacia atrás, aunque haya transcurrido solo un decenio - es el vaciado y la disolución de lo que podemos llamar, con una simplificación, el espacio publico, es decir, ese lugar imaginario pero realismo en el cual, hasta ayer, los protagonistas sociales, los intereses, los sujetos (llámenlos como quieran, basta con entendernos) se reconocían en su dimensión colectiva, elaboraban una identidad propia y autoconsciencia, y sobre esta base se confrontaban y enfrentaban para obtener reconocimiento y para imponer soluciones normativas y vinculantes para todos. (...).

Ahora bien, contribuir a reconstruir al menos en parte, al menos un pequeño segmento de un espacio publico adecuado a las dimensiones inéditas de los nuevos procesos sociales del trabajo y de las relaciones entre los hombres, es nuestra ambición.

Conscientes de que a lo largo de este recorrido no hay palacios de Invierno que ocupar, ni poderes que conquistar y usar, cosas estas ya hechas, para un proyecto ya trazado.

Hay en cambio conexiones por establecer, lazos que reconstruir, comunicaciones que activar, fragmentos dispersos de un mosaico que la "furia iconoclasta" del neoliberalismo global desarticula y dispersa y que un pueblo de hormigas aparentemente invisibles puede quizás recomponer con una rapidez y una eficacia insospechables, como los zapatistas de Chiapas nos enseñan.

Quizás sea poco. Cierto que es insuficiente frente a la magnitud de los desafíos de este fin de milenio. Pero es desde aquí de donde hay que empezar, sin buscar atajos, si se quiere volver a caminar. Y posiblemente, a "caminar aprendiendo".

Se trata, como se puede ver, de un proyecto que no pretende - contrariamente a los dogmas politico-organizativos del pasado - el monopolio de las conciencias y de las militancias. Que no compite con el compromiso de los partidos, asociaciones y organizaciones diversas. Que no pide a quien lo abrace la cesión del alma y la disponibilidad del cuerpo. Que no pide a nadie que renuncie a su propia identidad para participar en la empresa, "homologándose" a ella, pero que implica, eso sí, una clara ruptura de estilo respecto a toda la experiencia política y organizativa decimonónica. En algunos aspectos, exige el derribo de todos sus rasgos caracterizantes, de todas sus liturgias y de todos sus modelos. Me limito a indicar tres de estos puntos de ruptura, a titulo de ejemplo solamente. En el debate se podrá ampliar la lista y completar el razonamiento.

1. En primer lugar, la relación entre "hacer" y "organizar" o "representar". Todas las maquinas políticas del siglo XX concentraban sus energías - y sobre todo las energías de sus miembros - en el segundo de estos términos: agotaban en buena medida su función en la construcción de la "maquina organizativa", del contenedor, de la "caja" de la acción social, sabiendo que "fuera" los actores sociales, los sujetos colectivos estaban de alguna forma ya "dados" - ya producidos por el proceso de la economía y de la producción -, y que se trataba solo de "hacerlos conscientes" y de "representarlos", organizando sus reivindicaciones y haciéndose garantes y mediadores. Para nosotros, el imperativo prioritario de "hacer sociedad", pone el acento en el primer termino: en la acción dirigida a producir sociabilidad y vínculos. De comprometernos con los procesos sociales para reconectarlos desde el interior, para favorecer la autoorganizacion a través de un "trabajo" que es directamente social, un "hacer" que omite ya sea el momento de la "representación" que el de la "reivindicación" porque se trata directamente de la elaboración de una relación "distinta". Por esto nos no proponemos abrir "secciones" o "círculos", sino "talleres" sociales: lugares físicos en los que realizar un trabajo especifico de reconexion, de contaminación entre elementos distintos entre si, y de comunicación.

2. Poner el acento en las "cosas" -en la materialidad del "hacer"- no significa, sin embargo, subestimar el valor de las "palabras". Del producir discurso y, sobre todo, del "relatar". El espacio publico es, en algunos aspectos y en primer lugar, un espacio discursivo y comunicativo. Está habitado, y entretejido, por símbolos, por imágenes, por palabras. Se afirma y se consolida a través del lenguaje.

Por esto en el proyecto de los Talleres Sociales, la "CARTA" (ndt: carta, papel, tarjeta: es el nombre de la revista mensual de la Asociación CANTIERI SOCIALI "Talleres Sociales") es tan importante. La CARTA como vehículo de comunicaciones discursivas, de conocimientos recíprocos, de elaboración de un lenguaje adecuado a las difíciles tareas de la recomposición entre diversidades radicales e identidades heterogéneas; lenguaje que sin embargo - y este es el segundo punto de ruptura respecto a los estilos políticos del siglo XX - no es, no quiere y no puede seguir siendo la jerga formalizada y abstracta de las tradicionales formaciones políticas -tengo la tentación de decir de la política tout court, tal como se expresa hoy día - sino, por el contrario, el lenguaje concreto, el "lenguaje natural", en alguna medida espontaneo, casi siempre heterogéneo de la cotidianidad, al cual nos gustaría imponer unificaciones y simplificaciones forzadas e inevitablemente pobres (esa especie de Esperanto que las culturas políticas de este siglo han producido como instrumento de comunicación y homogeneización burocrática), sino mas bien instrumentos ligeros de traducción, códigos de reconocimiento, diccionarios y léxicos que permitan descodificarlo sin empobrecerlo.

(...) Para nosotros, hoy, las palabras deben servir para construir puentes entre una realidad demasiadas veces invisible y un imaginario colectivo que espera ser reinventado. Entre los fragmentos, a menudo mudos, de la experiencia en lo social y el molde de un horizonte colectivo todavía por rellenar. De ahí se deduce la importancia que atribuimos al relato; a la producción de "historias" a las cuales confiar la representación de lo que de otra forma languidece bajo la superficie; a la necesidad de reinventar un lenguaje capaz de hacer hablar e los que han sido amordazados, a los fragmentos de discurso sumergidos, y reconducirlos a la dignidad de la narración publica: a un lenguaje que recupere la frescura de la experiencia vivida, de la materialidad de los cuerpos y de sus sufrimientos, de los sentimientos aun contradictorios de los verdaderos protagonistas de la pequeña epopeya de la vida cotidiana.

 3. Por ultimo, un tercer punto de ruptura: la relación centro-periferia. La política en este siglo ha vivido de centralización. Organizar ha significado centralizar, reconducir lo que es periférico, y como tal considerado inevitablemente marginal y parcial, a lo que es central, y por eso naturalmente más competente, adecuado y general. Reducir lo que es concreto (vivido) pero, precisamente por eso, "inferior" (en contacto con las nervaduras de la cotidianidad y de la "estructura" social), por debajo de lo que es abstracto y necesariamente por eso "superior" (en contacto con aquella entidad por definición general que es el Estado).

En nuestro espacio de referencia no hay ni centros ni periferias. No hay verticalidad (inferior y superior). Cada punto -exactamente como en la red- es capaz de comunicarse con cualquier otro punto sin someterse a jerarquías ni a mediaciones. Aquí la innovación, la ruptura, la propuesta puede provenir de cualquier "lugar" de una geografía que no reconoce lugares privilegiados, puntos de excelencia, escalafones, y mucho menos jerararquías basadas en niveles de desarrollo (consideramos, como Latouche, que el termino "desarrollo" es una palabra tóxica y que tenemos mas que aprender de los que habitan la selva Lacandona que de los fantasmas de Los Angeles o Detroit).

Si nos parece lejano e impracticable, el espacio abstracto y geométrico de las lógicas "nacionalizadas" y "estatalizadas" en las que estaba estructurada la antigua representación (los "no lugares" de las practicas delegadas y del hacer impersonal y burocrático), somos sin embargo muy sensibles a los territorios y espacios concretos que, a su nivel puedan "liberarse" y usarse como lugares de condensación y de experimentación social: Terrenos de una racionalidad distinta, directamente controlable por los sujetos que la aplican y la ejercen. Nudos de una red que, si está conectada, pueden generar una masa critica y un antagonismo real. 

No será por supuesto este -somos conscientes de ello- el campo de fuerzas que nos permitirá un "nuevo asalto al cielo". Pero quizás por aquí pasa el camino para salir del infierno al cual nos ha relegado el horror económico de nuestro tiempo.